La ciudad entre las 16.00 y las 17.00 y la chica de la cámara de fotos

Uno no se recorre la ciudad de punta a punta todos los días y la aventura la verdad que da mucho de sí.

Salgo a las 16.00, todo tranquilo, el autobús con las personas justas, el sol entrando por las ventanas y los bostezos son inevitables tras una dura jornada de trabajo, decido dirigirme al centro comercial el día previo al Día del Padre. Siendo consciente de mis actos, comienzo a arrepentirme 10 minutos después de haber tomado la línea circular porque para en todas partes y porque todo el mundo entra y nadie sale, creándose un ambiente y una temperatura ahora que está cerca la primavera a tan sólo 2 días, que es insoportable, y no se me ocurrió hoy otra cosa que ir en manga larga cuando los días anteriores de lluvia siempre he estado como si fuese verano.

El recorrido desde el hospital hasta el centro ya es más relajado, pocos coches, tiendas casi vacías, lo que significa: compra agradable y tranquila. Un grupo de chicos gitanos irrumpen en escena, sé dónde me los voy a encontrar ocupando el mostrador, es como si lo intuyese después de tantos años conviviendo cerca de ellos, intento acelerar el paso pero a pesar de mis intentos y debido a que la chica de la tienda a la que como supuse llegaríamos todos, ha de buscar una caja que no sea de muestra, en lugar de ser atendido y escapar hacia casa, aparecen ellos. Ocupan el mostrador entero y yo cada vez me quedo más lejos de la caja para proceder al pago, tanto que miro a la dependienta y nos echamos a reir porque ya casi no me ve de lo lejos que he tenido que irme. Para pagar decido meterme entre medias, ya está bien.

Una tarde calurosa, como no llegue pronto para comer… qué cansancio. Llego a la antigua “plaza del chicle” esa de la que creo alguien ha creado un facebook llamado “yo también quedaba en la plaza del chicle”. Da igual cuántos años hayan pasado por ella, parece que hay cosas que no cambian.

Me siento halagado y me sonrojo, dos chicas quinceañeras están en un banco sentadas y al pasar una de ellas con cámara en mano y sin temblar le grita a su compañera: “mira qué bueno está este”, mientras la chica me persigue con su cámara de fotos en modo vídeo supongo. Alguna vez en la noche alguna chica (y también chicos) se han parado para halagarme, pero esta especie de fenómeno “fan” de perseguir con la cámara la verdad que no me había pasado nunca y del susto casi se me empotra un coche cruzando la carretera. Se agradece de todas formas.