La pirámide laboral

La categoría desempañada en el puesto de trabajo siempre me ha parecido un parámetro con poca importancia a nivel humano. Siempre he considerado que lo principal es ver todo como un grupo funcionando, cada uno con sus tareas, a pesar de que siempre está ahí la figura de mi jefe al igual que soy consciente de que yo a su vez soy el jefe de otros. Una estructura que no se puede obviar.

Tratándolo como si de una pirámide fuese, ir de menos a más, hablar de los que son mis superiores, no me cuesta ningún trabajo, se les trata como tal. El problema llega recorriendo la pirámide a la inversa, cuando desde un puesto superior, los que están un escalón más abajo te llaman “jefe”. Es la realidad, soy su jefe de alguna forma, pero cuando me lo dicen suge una especie de contradición interna que no sé discernir muy bien, donde las ganas de decir “no me llames jefe” y el sentir “me siento mal cuando me llaman jefe porque se me viene grande la palabra” confluyen.

No estoy acostumbrado y nunca lo he estado, a cobrar especial protagonismo ni ser centro de atención, siempre me ha gustado pasar desapercibido, haciendo lo que mejor sé hacer sin interponerme en el camino de los demás, un poco ajeno a la importancia de mi trabajo individual dentro del equipo, quizá por ello sienta que el reconocimiento de una categoría profesional por encima a la que siempre he estado acostumbrado a tener, se me haga extraña.