Chupavidas

La leyenda del chupacabras es de sobra conocida, un ser del que se desconoce su forma real y que cada cual interpreta como quiere (para eso es un mito), y que se dedica a desconcertar la vida de los ganaderos atacando a los animales de granja.

Hay un término que se podría acuñar igualmente y a este mito muchos le podríamos poner cuerpo, cabeza y pelo, cada uno el de su chupavidas particular (o varios si se tercia), esas personas con las que tienes una conversación y te vas dando cuenta de que mientras te habla tú estás deseando que acabe mientras piensas que termine la tortura de escuchar sus mentiras, su tono de voz insoportable y su eterna palabrería sin sentido. Gente que no sabe interpretar los gestos en los que tú, con toda la elegancia de que eres capaz, le estás dando a entender que no te interesa lo más mínimo todo lo que cuenta.

Y sin darte cuenta, algo que simplemente requería un par de minutos se ha tornado en un monólogo de media hora del chupavidas y cuando acaba todo te queda la sensación de que te ha robado energía vital, como si hubieses hecho un sobreesfuerzo físico y mental.

No quiero chupavidas en mi vida.