El Gran Circo

Esta mañana, mientras iba andando por la ciudad, innumerables carteles me conducían a las afueras hacia donde me dirigía. Anunciaban, con un montaje de imágenes que se percibía que era de bajo presupuesto (la crisis llega a todos los sectores incluso más a los artistas ambulantes), a los personajes favoritos de los niños. Al llegar cerca de mi destino, allí estaba la carpa, gigantesca, montada dentro del gran espacio de la zona comercial, rodeada por las tiendas más frecuentadas los fines de semana, la de videojuegos y ordenadores, la de clazado, la de electrodomésticos y el centro comercial, una situación estratégica dentro de unos días estratégicos donde se acercan las compras de navidad, como si el reclamo no fuesen esos presuntos personajes favoritos de los niños, que ni son favoritos y a muy buen seguro muy pocos les conocen, sino el gancho de pasar por allí y llamar la atención de los más pequeños o de esos padres que tuvieron la ocasión de ir un buen día a disfrutar de aquellos que en realidad sí fueron personajes carismáticos de la televisión. Allí estaba, de pie, alzado bajo el cielo encapotado que escupía la lluvia, El Gran Circo.

Su simple visión me ha producido melancolía y pena, una lástima contenida que sólo se puede sentir cuando sabes que viviste algo importante e inolvidable y ya jamás nadie volverá a sentir lo mismo, como si no pudiese volver a compartirlo porque la magia que antes había ya no existe. He recordado las navidades de épocas anteriores, cuando unos hombres y mujeres vestidos de Espinete, Isidoro, Los Pitufos, Los Snorkles, Los Fraguel y tantos otros dibujos animados, esperaban a la puerta de aquel gran circo para hacerte una foto con ellos, cuando a todos los niños se nos ponía el corazón a cien por hora de sentir que realmente estábamos ante esos personajes que nos habían acompañado tantas tardes durante casi toda nuestra corta vida hasta ese momento, como si fuesen realmente una parte importante de nuestras vidas, algo que ha hecho que todavía hoy les recordemos como una etapa muy especial.

Todo eso hoy ha desaparecido. Miro cómo se comportan mis sobrinos y observo que las inquietudes, tanto en nuestro país como en la mayoría de los países europeos, han cambiado. Parece haberse convertido, este, en un mundo con prisas, donde lo que antes era un episodio a la semana, ahora es una maratón de una tarde entera con dibujos animados anodinos que no enseñan nada, con personajes sin carisma que más merecen ser olvidados aunque las compañías se encarguen de meterlo por los ojos a través de videojuegos, carpetas, cromos y anunciándolos como “la gran sensación”, pero sin conseguir ese boca a boca popular que recorría las calles de juegos, calles de arena que ahora se han convertido en aceras asfaltadas donde jugar a determinados juegos de antaño es imposible.

¿Qué ha cambiado en la sociedad europea? Los niños japoneses siguen disfrutando desde hace generaciones de la misma sensación, allí nada ha cambiado. Nuevas sagas han enterrado a antiguas leyendas, el merchandising de series como Naruto, One Piece, Bleach y tantas otras series de anime sigue gozando del mismo éxito que el de hace décadas. Las tiendas de venta de mangas y comics descasan por cualquier rincón de la ciudad y sus aledaños conviviendo con uno de sus mayores rivales y compartiendo espacio con los videojuegos, sin que uno perjudique lo otro.

Será quizá nuestra forma de vida, el trabajo que impide que los padres vuelquen todas sus ilusiones en unos hijos que desconocen la capacidad de ilusionarse con algo inalcanzable, saboreando el placer de difrutar poco a poco de las cosas, sin prisas.

Cuando he apartado la vista de la carpa del Gran Circo, a pesar de todo, he querido conservar la esperanza de que, al menos, uno de esos niños, ahora, en este momento de sábado por la mañana, sienta un cosquilleo, una inquietud, que haya un corazón latiendo a a gran velocidad, deseando con todas sus fuerzas que esta tarde de sábado, pueda por fin conseguir lo que para él era inalcanzable a través de una pantalla, pero a la vez tan cercano, encontrarse con ese personaje al que adora.