Fly my grandpa

Hoy volvió a repetirse una de esas tardes, a la misma hora, más de 20 años después, en distinto lugar, pero la misma tarde de desconcierto y tristeza. Hoy he mirado por última vez el rostro de aquella fortaleza que me parecía infinita. Esa fortaleza de más de 80 años, siempre cuerda y llena de vida, casi inmortal, que empezó a venirse abajo tras una pérdida irremplazable.

Son los mismos sentimientos que aquella vez de niño cuando regresaba del colegio y me encotré la noticia, aunque hoy es un vacío distinto. A esa misma hora tras mi salida del trabajo, el cielo que antes era soleado, se ha tornado gris y ha empezado a llover con una energía inusual.

Cuando nací, perdí a mi abuela materna, de la que sólo conservo fotografías e historias de mi madre, que me hablaba de cuando ella me cogía en sus brazos antes de caer enferma, historias de mi tía que hace relativamente poco me dijo cuál era su comida favorita, precisamente una de las que más me gusta a mí. Tras una larga enfermedad, el tiempo se llevó a mi abuelo materno. Con séis años apenas fui consciente, aquella tarde de regreso del colegio, de que ya no habría más visitas e historias, de que la maqueta de un tren que estaba construyendo para mí, jamás llegaría a su destino. Hace menos de un año perdí a mi abuela paterna y desde entonces mi abuelo paterno jamás volvió a ser el mismo, tal es la dependencia que creamos con las personas.

Yo le creía indestructible. Insignificantemente ahora me acuerdo de ese dedo que perdió, según las historias que nos contaba, con una sierra, una de sus señas de identidad y con la que tantas bromas me gastaba de pequeño. La última rama, la más fuerte y resistente de ese árbol genealógico, hoy se ha perdido. Soy afortunado de ser el producto de todas las historias que se forjaron décadas atrás, de historias perdidas cuyos detalles no conoceré, pero cuyo presente palpo cada día. Se lleva con él mis recuerdos, de las tardes del dominó, de las discusiones tontas con la abuela, de las barajas de cartas que escondía por cada rincón para que en las noches de celebración de nochebuena no encontrásemos, de los momentos en soledad donde jamás adiviné saber en qué pensaba y nunca me atreví a preguntar, de su pasión por las aves…

… hoy el que tiene la oportunidad de volar es él, sintiéndose totalmente, por fin y para siempre,  libre.

vuela tan alto como puedas, abuelo, hasta que alcances a ver la vista más bella que ilumine tus ojos y puedas descansar, entonces, en paz.