Castillo de naipes

Jorge cruzó la puerta de la consulta del sicólogo con parsimonia y sin inmutarse ante nada, ni siquiera le sorprendió el hecho de que no estuviese allí el mismo especialista que lo había tratado durante las dos últimas semanas.

– Buenos días don… – miró de soslayo la lista de pacientes- Jorge. Soy el doctor Melides y estoy sustituyendo a su sicóloga durante una temporada.

Jorge lo miró haciendo un gesto de desdén y se aceleró pronto a ocupar su asiento sin saludar.

– Cuando quiera podemos empezar. -dijo Jorge- Pregúnteme, me apetece salir de aquí cuanto antes. Haga usted su trabajo y así yo seguiré con el mío.

Hubo un silencio incómodo durante el cual ambos no sabían reconocerse, ni el uno al otro ni siquiera ellos mismos. Un rato después el doctor Melides abrió un cajón de su consulta y sacó una baraja de cartas.

– ¿No me ha escuchado?- se impacientó Jorge.- Haga lo que hacen los de su especie, preguntar sobre mi vida y sacarme lo peor. De seguro que su vida no se queda atrás. – Miró la baraja de cartas e hizo un gesto de desaprovación.- ¿Me va a leer el tarot?

El doctor sacó lentamente las cartas de la baraja y se puso a construir un castillo de naipes con mucho cuidado ante la mirada incrédula de su paciente. Una vez construído el castillo de tres pisos, el doctor se le quedó mirando.

– Tiene frente a usted un castillo de naipes. ¿Qué desea hacer con él?

Jorge se incorporó de costado de su asiento y sopló con fuerza haciendo caer las cartas sobre la mesa.

– Eso deseo hacer- contestó.

– ¿Por qué ha elegido hacer eso?

– ¿No es acaso lo que hubiese hecho cualquiera?- replicó Jorge.- Eso es una pamplina.

El doctor reunió de nuevo las cartas y las guardó en la caja.

– No todo el mundo hubiese destruído el castillo de naipes, ¿por qué su primera opción es la de acabar con las cosas? Tenía la opción de construir otro castillo similar o incluso la opción de superarme con un piso más.

– ¿Y por qué iba a perder el tiempo construyendo algo que no sirve para nada?

– Usted no lo ha construído, lo he construído yo. ¿Por qué acaba con mi castillo y con mi tiempo?

– Porque no sirve para nada, ya se lo he dicho. ¿Por qué acaba usted con mi tiempo?

El doctor se lo quedó mirando fijamente.

– Porque desde aquel accidente usted no siente nada. Destruir es una opción que se elige, igual que la de construir, pero nadie la impone. Es libre para decidir sus actos en todo momento, pero no se da cuenta que con ello interfiere en la libertad de los demás, en la libertad de otros para construir su mundo, tanto si le parece que sirve para algo como si no.