Los crímenes de Oxford, la mariposa que bate las alas

Las matemáticas, la filosofía, el cluedo, la resolución de crímenes al más puro estilo Agatha Christie, el pensamiento, la necesidad, la autocrítica… todos estos elementos se dan cita en Los Crímenes de Oxford, una obra completa cuyas piezas van formándose y recomponiéndose al final intentando adivinar quien es el culpable.

Todo comienza con el intento de Martin, un joven estudiante llegado de los EEUU, de conseguir que Seldom, profesor de Lógica, se ocupe de supervisar su tesis. En una maravillosa conversación sobre el orden de la naturaleza y los números que en ella tienen que ver, Seldom da por sentado que ese orden no existe, que las cosas que vemos nunca son tan ciertas como los números.

A partir de aquí se van sucediendo una serie de crímenes imperceptibles sobre los que Seldom y Martin esperan obtener una explicación racional y descubrir al asesino que intenta impresionarles con una secuencia lógica que acompaña a cada cadáver.

Como en toda película de misterio y como en toda buena novela, no dejan de sucederse personajes que bien podrían convertirse en nuestro asesino. Dudamos de ellos, obtenemos una explicación que les libra de las acusaciones aunque de nuevo vuelven a nuestra mente una vez más para no dejarnos un descanso. Siempre están presentes, con sus acciones, con sus gestos, con sus pretensiones, dispuestos a interponerse a la verdad definitiva.

La última media hora del film es una auténtica delicia para los sentidos y la razón.

Asistimos al cierre del primer acto. Cuando el ser humano se encuentra frente a una cadena lógica, piensa con la cabeza para intentar averiguar cuál será el siguiente número o símbolo y durante esos instantes deja de pensar con los sentimientos. Es en esta escena donde se nos intenta enseñar que a veces las decisiones no siguen un orden natural, sino que responden a un acto dictado por el propio corazón. Durante todo el film pensamos con la cabeza y dejamos pasar desapercibida a la persona que se aparta de esa serie lógica.

Cuando creemos que todo está ya resuelto llega el cierre del segundo acto. Cuando aún estamos impresionados por la lección que acabamos de aprender, se nos enseña otra aún más importante que la anterior. Atamos los cabos sueltos para llegar hasta el que creemos el verdadero asesino que ni siquiera lo es como tal y nos damos cuenta de que una vez más nada guarda un orden, de que todo es aleatorio según las circustancias y la necesidad.

Pero la verdadera moraleja definitiva llega en unas magníficas frases finales que ponen el punto y final cerrando el círculo. Es en ellas donde nos damos cuenta de que no somos capaces de prever el impacto de nuestras palabras en las demás personas dependiendo de innumerables variables y donde descubrimos que el mundo es una serie de hechos sucesivos que se relacionan unos con otros y donde las palabras y los hechos comparten la culpabilidad, donde sin ser conscientes somos el principal protagonista de nuestra propia persecución.