El Juego de Tu Vida y la mujer del casino

 el juego de tu vida

Pocas veces un concurso me ha llamado tanto la atención y ha despertado en mí las ganas de querer seguir viéndolo. “El Juego de Tu Vida” prometía ser uno más de entre los juegos de verdad y mentira que habían pasado por la televisión, pero el miércoles por la noche revolucionó el panorama y destacó sobre el resto.

Comencé a verlo sin muchas pretensiones, pero tras la primera pregunta me dí cuenta de que me encontraba ante algo diferente. Un concursante sentado en una silla, en este caso la mujer del casino, y tres conocidos, su amiga, su hermana y otro amigo. El concurso se basa en el sentimiento de la vergüenza ajena, ese que nunca antes se había tocado en televisión. ¿Cómo se sentiría usted si delante de sus hijos le preguntasen si los quiere a ambos por igual? ¿Y si delante de tu madre te preguntan si te has grabado haciendo el amor? En las personas que escuchasen la verdad se despertaría ese sentimiento profundo y con eso juega el programa y lo hacen magistralmente bien.

Cuanto más lejos quieres llegar y más dinero conseguir, más comprometedoras son las preguntas. Pero a lo que quiero llegar es al caso de la mujer del casino. La primera impresión que me produjo fue de vividora y altiva y poco a poco fui descubriendo que no me equivocaba. Hoy después de haber visto el programa, me preocupo por cómo será su vida diaria cuando sus hijos se hayan enterado de que a uno lo quiere más que a otro y que es mala madre, cuando sus amistades sepan que va por la calle a veces sin ropa interior y que lo que le cuentan lo va promulgando a otra gente, cuando en el trabajo sepan que se acuesta con media plantilla hasta con el jefe (y espérese usted si la hermana no hace lo mismo por la forma en que la evadió de esa pregunta), cuando sus futuras parejas sepan que les haría daño por dinero…

Quedamos pendientes del segundo concursante que aún nos debe la respuesta a la pregunta de si mientras ha estado casado ha visitado algún burdel, sabiendo ya que se graba manteniendo relaciones sexuales, que su mujer es la más bella con la que ha estado y que cree que siempre va bien vestida.

Admiro como siempre a los que nos regalan trozos de sus vidas, sean o no de mi agrado y al margen de lo que pueda pensar de ellos. Yo nunca iría a un programa de estas características a contar ni exponerme a contar secretos y mentiras de mi vida o cosas totalmente normales que vistas en público puedan parecer sorprendentes. Recordaré siempre esa noche de miércoles que un programa de televisión logró despertarme ese sentimiento de vergüenza ajena por los demás, porque no es fácil conseguirlo. Muchas de las preguntas deberíamos hacérnoslas a nosotros mismos y quizá veríamos que no somos tan distintos de esa gente que nos resulta vergonzante.