Los Viajes de Kino – El País de la Torre

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¿Para qué nos estamos esforzando? ¿Qué pretendemos conseguir? ¿Alguien lo sabe?

Como hormigas guiadas por el instinto, los habitantes del País de la Torre inician su jornada de trabajo, unos conducen grandes camiones portando materiales, otros conducen camiones y coches transportando a la cúspide de la torre esos mismos materiales que después serán colocados por trabajadores, uno a uno, cada bloque.

Los que han nacido están predestinados a seguir el mismo camino, día tras día, sin cuestionarse cómo ni por qué, sólo saben que sus padres lo hicieron y ese es su destino, construir aquella torre. La Torre es enorme, surca senderos infinitos más allá de las nubes, perdiéndose hasta donde la vista de cualquier ser humano pueda alcanzar desde lo terrenal.

Alguien que no perteneciese a ese lugar se preguntaría ¿por qué construyen esa torre? Yo me lo pregunto y por eso estoy aquí.
El ser humano es curioso, ¿acaso aquella torre no es sino la forma de enfrentarse a los miedos? Jugamos con ellos una y otra vez en nuestra mente, no nos gustan, pero tampoco los dejamos escapar hasta que los hemos convertido en realidad o… al menos en la realidad que nosotros queremos creer o la que podemos afrontar. Llega la noche y nos abordan en las pesadillas y justo en el momento en el que estamos frente a ellos, se escapan, se esfuman para perseguirnos otras noches y formar parte de nuestras vidas.

Poco a poco vamos explorando la forma de vencerlos hasta tocar fondo. Un niño con miedo a los perros huirá de ellos, pero llegará un momento en el que no le quede más remedio que tocarlo con sus propias manos hasta comprobar de una forma real que sus miedos son reales o que todo eso que lleva construyendo a base de imaginación durante toda su vida, es mentira. Es un tabú generacional que va pasando de padres a hijos y al que en algún momento hay que hacer frente. “Esto no se hace, es malo”… pero encontrarán la forma de ponerle fin en algún punto, hasta que ese niño toque la realidad y compruebe que ha perdido el tiempo, que lo ha desperdiciado, el suyo y el de los demás, que todo aquello que era miedo resultó ser divertido.

Ahí están esas personas que se dejan la vida diaria levantando y colocando las piedras de la enorme torre que se alza al cielo.

Alguien me visita en la noche, interrumpe mis sueños. Como esa voz interna que quiere frenarme a descubrir la verdad, se presenta entre las sombras. “¡¡¡Tienes que hacer que paren, tienes que decírselo!!!”- me grita. ¿Quien soy yo, extraño en esa tierra para decir a sus habitantes lo que deben hacer o no? ¿Quien soy yo para decirle a alguien que deje de afrontar sus miedos? “¡¡¡Están locos, están desperdiciando su tiempo!!!”.

No hay tiempo, un rugido interrumpe la discusión. Allí están todos, los habitantes del País de la Torre, mirando más allá de las nubes esperando impacientes a que ocurra lo que siempre han temido, acercando la mano al perro que les va a morder. El estruendo es ensordecedor, las piedras caen del cielo, el cielo que se les cae encima. Y todos gritan atónitos mientras todo se derrumba y a su alrededor deja casas destruídas y un polvo que deja ciego el mundo por unos minutos.

La gente calla, muda. Un anciano interrumpe el silencio y en sus ojos se refleja ilusión “Por fin lo he visto, la torre se ha derrumbado”. Los niños que jugaban a levantar torres de juguete y aquellos que no sabían por qué la construían ahora ven la verdad de sus vidas y aplauden entre la algarabía, entre sonrisas y saltos de alegría.

“¡Construyámosla otra vez! – grita una voz.- Contruyámosla de nuevo para verla caer”. Pero aquella voz que me despertó en mis sueños la noche que llegué, se hace presente: “¡Están locos! Díselo, están locos. Levantar la torre una y otra vez sabiendo que se va a caer”.

Me quedé pensando un instante en silencio sin responder.

“No sé… si los demás están locos… o si tú eres el loco” – respondí. Pensé en el por qué aquella gente levantaba la Torre, ¿había acaso algo más detrás de esa idea? ¿algo más aparte de enfrentarse al miedo de que el cielo te caiga encima y adelantarse a ese hecho?

“Si no te gusta levantar la torre, puedes decorar piedras” – le dije. Y entonces lo ví claro. ¿Qué había de malo en que una gente levantase una torre para verla caer de generación en generación? ¿Había algo de malo más que el hecho de vender pan, de pintar cuadros, de programar ordenadores, de escribir relatos? Nacemos predestinados a hacer algo en el mundo, cualquier cosa, da igual la que sea o la que elijamos. Sólo nos llenará el tiempo que vivimos y cuando la humanidad deje de existir todo habrá servido para nada. ¿Qué diferencia habrá entonces entre un astronauta y un humilde artesano? Ninguna. Entonces ¿por qué no ocupar el tiempo en afrontar los miedos para vivir plenamente, en levantar cosas imposibles para llenar el corazón de los demás, en crear arte para que los demás sientan durante el mayor tiempo posible, en hacer creer al mundo que son capaces de SER?

Desde entonces, dejó de haber locos en el País de la Torre, nadie volvió a cuestionar el por qué se hacían las cosas.

Al día siguiente me despedí de aquel país con mi moto Hermes y os explicaré la verdad de mi viaje hacia otros lugares. Me llamo Kino y viajo con Hermes porque ocupa mi tiempo y me llena el alma.