Mi ciudad nevada

setter irlandes

¿Es que puede existir algo antes de la nieve?
Antes de esa pureza implacable,
implacable como el mensaje de un mundo
que no amamos, pero al cual pertenecemos
y que se adivina en ese sonido
todavía hermano del silencio.
¿Qué dedos te dejan caer,
pulverizado esqueleto de pétalos?
Ceniza de un cielo antiguo
que hace quedar sólo frente al fuego
escuchando los pasos del amigo que se fué,
eco de palabras que no recordamos,
pero que nos duelen, como si las fuéramos a decir de nuevo.
¿Y puede existir algo después de la nieve?
Algo después
de la última mirada del ciego a la palidez del sol,
algo después
que el niño enfermo olvida mirar la nueva mañana,
o mejor aún, después de haber dormido como un convaleciente
con la cabeza sobre la falda
de aquella a quien alguna vez se ama.
¿Quién eres, nieve nocturna,
fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo?
¿O qué importa quién eres?
Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos,
no recordar nada, no preguntar nada,
desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio.

No es muy corriente ver Talavera de la Reina nevada. Ese día aún hoy después de dos años es recordado por todos y nos dejó grandes recuerdos. Todos, absolutamente todos tenemos recuerdos de aquel día… la nieve perduró hasta bien entrada la noche del día siguiente.

Todo el mundo salía de sus casas con la cámara en mano, para grabar vídeos, para echarse fotos, para armar los primeros muñecos de nieve de sus vidas, para jugar a tirarse bolas, para lanzarse sobre la tierra helada… ese día la naturaleza nos sacudió a todos y nos trajo un precioso regalo.

setter irlandes

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Este día me levanté de la cama, levanté la persiana y tras mi ventana pude ver un escenario único y precioso que me levantó el ánimo. Rápidamente cogí la correa de Yoko y le desperté apremiándole para que saliésemos cuanto antes. Nada más pisar la calle nuestros pies y patas pisaron la espesa nieve virgen de la mañana y el paseo fue largo, muy largo. Los dos estábamos sorprendidos, la calle y todo aquel espacio blanco eran nuestros. Pronto toda la ciudad despertaría y sentiría aquella sorpresa, pero nosotros habíamos pisado primero y sentido esa sensación única de hundir los pies.

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Llegamos mojados, me cambié de ropa y le sequé con una toalla sentándonos al lado del radiador mientras mirábamos por la ventana.