Es el momento cumbre, a pesar de que cada Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos es un alarde de imaginación, con miles de personas moviéndose en pasos medidos en tiempo y espacio para dar un espectáculo inolvidable, el momento del encendido del pebetero olímpico se convierte en una amalgama de sentimientos encontrados difíciles de expresar, por un lado la espera de cuatro largos años que por fin va a ser resuelta, por otro la incertidumbre y la sorpresa, poque cada encendido es diferente al anterior, por último la emoción y la ilusión propias de los ojos de un niño se apoderan de nuestros sentidos, cuando vemos entrar la llama en el estadio olímpico y de repente un fuego primigenio logra ser el centro de atención de todas las miradas del mundo.
Ese último portador de la antorcha, que sabe el camino que tiene que recorrer, que sabe perfectamente lo que ha de hacer, ocultando el secreto mejor guardado que logrará emocionarnos cuando, en otro alarde de imaginación, el pebetero se encienda, el público irrumpa en aplausos, ese nudo que nos oprime desaparezca y el cielo se torne de oscuro a color.
Pekin 2008
Atenas 2004
Sidney 2000
Atlanta 1996
Barcelona 1992
Desde 1968


La única inauguración que recuerdo haber visto fue la de 2008 y me encantó. Quizás por eso me esperaba mucho más de la de Londres, que me supo a poco y no me impactó tanto como la de Pekín. Lo que no se puede negar es que estos acontecimientos ponen de manifiesto de la Imaginación es lo mejor que existe.
La de Pekin estuvo muy bien, son especialistas en hacer estas cosas, pero la de Londres ha sido diferente, han huído de las clásicas figuras que se producen vistas desde el cielo y han convertido la inauguración en una película en directo. El encendido de pebetero, el mejor de la historia sin duda.
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